Hoy vino a verme la mamá de Ema Z. Todo surgió hace dos semanas: durante una tarea en el laboratorio de informática, el grupo de Ema Z. no había cumplido con lo pedido.
La reunión con la madre duró aproximadamente quince minutos. Pero el diálogo en sí, no debe haber alcanzado los cinco. Llegó armada de un prejuicio imposible de evitar.
La forma que eligió para defender a su hija fue la de menospreciar mi antigüedad en la institución ("vos no sabés porque estás hace poco, nosotros tenemos 9 años acá adentro"), culpar a otro alumno ("esa tarea le tocaba a otro chico -y dijo su nombre-"), la capacidad de su hija ("es excelente y lo ha sido desde hace años, no como mi otro hijo") y la presentación de testigos ("una amiga dice que vos le hablaste mal").
Entre sus argumentos había una contradicción marcada: "hubiese preferido que le pusieras un uno, en lugar de hablarle mal", "tanto problema porque no cumplió la tarea", "podría haberlo mandado por mail a la tarde", "el problema es que Hotmail no adjuntó el archivo", etc. No sentí la necesidad de señalar las contradicciones porque rápidamente perdí las ganas de entablar una conversación.
Finalmente la madre dijo que su hija tenía miedo de cualquier represalia mía para con ella por esta entrevista.
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